PRELATURA

DE JULI

Domingo de Ramos: Inicio a la Semana Santa en la Prelatura de Juli.

Domingo de Ramos: Inicio a la Semana Santa en la Prelatura de Juli.

 El Domingo de Ramos, celebración religiosa por el Monseñor Ciro Quispe López conmemora la entrada de Jesucristo en Jerusalén, dando inicio a la Semana Santa. Se dio inicio a  la celebración en el atrio de la Iglesia Asunción con la participación de la Población de Juli, estudiantes de las Instituciones Educativas 71003 (891), Telesforo Catacora, Agropecuario Molino, María Asunción Galindo, asi de esta manera conmemorar la Entrada triunfal en Jerusalén de Jesús. El Domingo de Ramos marca el primer día de la Semana Santa, puntualizo el Monseñor Ciro Quispe, acción realizada con canticos y oración con todos los fieles presentes.

La celebración se dio inicio con la bendición de ramas de palma o las ramas de otras plantas nativas, que representan las ramas de palma que la multitud esparció frente a Cristo mientras él entraba en Jerusalén.

Muchas Instituciones participantes, como son docentes y religiosos donde los fieles católicos se llevaron estas palmas, bendecidas por el Monseñor Ciro, a sus casas, quien recomendó a  los fieles presentes que las cuelgan detrás de la puerta como señal de protección y significado de fe.

 

Mayores detalles en nuestro Facebook institucional, así como las misas virtuales cuya dirección es Facebook “Prelatura de Juli”

 

Cercanía del Papa con el Perú: buscar una solución pacífica por el bien del país

Cercanía del Papa con el Perú: buscar una solución pacífica por el bien del país

Este Domingo de Ramos, antes de rezar la oración mariana del Ángelus, el Santo Padre manifestó su cercanía y elevó sus oraciones por el “querido pueblo del Perú”, por la difícil situación social que viene atravesando e invitó “a encontrar una solución pacífica” por el bien del país, especialmente de los más pobres, “en el respeto de los derechos de todos y de las instituciones”.
 

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Estoy cerca del querido pueblo de Perú, que está pasando por un momento difícil de tensión social. Los acompaño con la oración y animo a todas las partes a encontrar una solución pacífica lo antes posible por el bien del país, especialmente de los más pobres, en el respeto de los derechos de todos y de las instituciones”, lo dijo el Papa Francisco en su alocución antes de rezar la oración mariana del Ángelus, antes de concluir la Santa Misa de este Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

 

Buscar una solución pacífica por el bien de todos los peruanos

Desde el atrio de la Plaza de San Pedro, el Santo Padre dirigió su mirada al continente Latinoamericano para elevar sus oraciones y manifestar su cercanía con el “querido pueblo de Perú”, en este difícil momento de tensión social que atraviesa el país, que en la ultimas semanas ha registrado diferentes movilizaciones sociales contra el alto costo de vida, manifestaciones de gremios de agricultores y transportistas que paralizaron diferentes ciudades del país y que terminaron con enfrentamientos con las fuerzas del orden. La última decisión del presidente Pedro Castillo de imponer un toque de queda total en las áreas metropolitanas de Lima y Callao, que los Obispos consideraron "desproporcionado", también ha agravado la situación. La dura reacción de la población ha llevado a asaltar las oficinas institucionales con la petición de dimisión del presidente.

La voz de los Obispos peruanos

Desde la Conferencia Episcopal Peruana, en consonancia con el Papa, Monseñor Miguel Cabrejos es el portavoz de la petición al gobierno para que deje sin efecto esta medida que perjudica gravemente a todos, pero especialmente a los más pobres, que se ven obligados a buscar cada día comida para alimentar a sus familias. "Recordemos que el 70% de los trabajadores de Perú - señala- tienen un empleo precario o informal. La Oficina del Defensor del Pueblo también definió la medida del gobierno como "inconstitucional". Algunos observadores tienen la impresión de que el ejecutivo, que experimenta cada vez más dificultades en sus operaciones políticas, está pagando también las grandes expectativas que se habían creado entre los sectores populares de la periferia del país. Pero también la opción de rodearse, a nivel del aparato de seguridad, de grupos que representan poderes tradicionalmente oscuros.

 

 

Domingo de Ramos: "En la cruz Jesús nos enseña a amar y perdonar a los enemigos"

El Santo Padre celebra la Misa del Domingo de Ramos.

Domingo de Ramos: "En la cruz Jesús nos enseña a amar y perdonar a los enemigos"

En una humanidad dividida entre oprimidos y opresores, el Papa alentó a todos a seguir el ejemplo de Jesús en la cruz, quien ante el inmenso dolor que padecía, "no pensó en salvarse a sí mismo", ni respondió a sus verdugos con gritos o rabia, sino que rezó a Dios para que los perdone.
 

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

La mañana del 10 de abril, Domingo de Ramos, el Papa Francisco celebró la Santa Misa precedida por la procesión y bendición de las palmas de olivo en una soleada Plaza de San Pedro.

Ante la presencia de los fieles y peregrinos allí congregados, el Santo Padre reflexionó sobre el Evangelio del día según San Lucas (Lc 22, 14–23, 56) que narra la Pasión de Jesús y destacó que en el Calvario se enfrentan dos mentalidades: 

"Las palabras de Jesús crucificado en el Evangelio, «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (v. 34), se contraponen, en efecto, a aquellas que pronuncian los soldados que lo crucifican: «Que se salve a sí mismo si este es el Mesías de Dios, el elegido!» (Lc 23,35)".

La mentalidad del "yo" se opone a la entrega de Dios

En este sentido, Francisco señaló que "salvarse a sí mismo", es decir, cuidarse a sí mismo, pensar en sí mismo y no en los demás, "es el estribillo de la humanidad que ha crucificado al Señor", y que solamente se preocupa "por la propia salud, el propio éxito, los propios intereses; centrada en el tener, en el poder y en la apariencia".

Jesús implora al Padre que perdone a quienes le hacen daño

Asimismo, el Papa invitó a todos a reflexionar sobre las palabras de Jesús en la cruz, quien en medio del dolor lacerante que padecía no recurrió a los gritos ni a la rabia, "no reprocha a sus verdugos ni amenaza con castigos en nombre de Dios", sino que reza por los malvados y dice "Padre, perdónalos":

“Clavado en el patíbulo de la humillación, aumenta la intensidad del don, que se convierte en per-dón”

Igualmente, en su alocución, Francisco hizo hincapié en que Dios hace lo mismo con nosotros: "Cuando le causamos dolor con nuestras acciones, Él sufre y tiene un solo deseo: poder perdonarnos".

Y para darnos cuenta de esto, el Santo Padre exhortó a contemplar a Jesús en la cruz y a agradecerle por su amor, siendo conscientes "de que nunca hemos recibido una mirada más tierna y compasiva", ya que allí, "mientras es crucificado, en el momento más duro, Jesús vive su mandamiento más difícil: el amor por los enemigos".

Respondamos a los clavos de la vida con el amor

Sin embargo, Francisco recordó que, a menudo, nuestro comportamiento es totalmente el opuesto: "Perdemos mucho tiempo pensando en quienes nos han hecho daño, mirándonos dentro de nosotros mismos y lamiéndonos las heridas que nos han causado los otros, la vida, la historia".

"Hoy Jesús -dijo el Pontífice- nos enseña a no quedarnos ahí, sino a reaccionar, a romper el círculo vicioso del mal y de las quejas, a responder a los clavos de la vida con el amor y a los golpes del odio con la caricia del perdón".

¿Seguimos a Jesús o al propio instinto rencoroso?

Por otra parte, el Santo Padre alentó a todos a preguntarse si en el curso de sus vidas, "¿siguen al Maestro o siguen al propio instinto rencoroso?".

"Compasión y misericordia para todos, porque Dios ve en cada uno a un hijo. No nos separa en buenos y malos, en amigos y enemigos. Somos nosotros los que lo hacemos, haciéndolo sufrir. Para Él todos somos hijos amados, que desea abrazar y perdonar", aseveró Francisco indicando la importancia de no cansarnos de pedir perdón a Dios, ni tampoco de recibirlo y testimoniarlo.

Dios puede perdonar todo pecado

Finalmente, el Pontífice subrayó el argumento que utiliza Jesús ante el Padre al suplicarle que perdone a quienes lo están crucificando, "porque no saben lo que hacen".

"Cuando se usa la violencia -declaró Francisco-ya no se sabe nada de Dios, que es Padre, ni tampoco de los demás, que son hermanos. Se nos olvida porqué estamos en el mundo y llegamos a cometer crueldades absurdas. Lo vemos en la locura de la guerra, donde se vuelve a crucificar a Cristo. Sí, Cristo es clavado en la cruz una vez más en las madres que lloran la muerte injusta de los maridos y de los hijos. Es crucificado en los refugiados que huyen de las bombas con los niños en brazos. Es crucificado en los ancianos que son abandonados a la muerte, en los jóvenes privados de futuro, en los soldados enviados a matar a sus hermanos".

"En esta semana -concluyó el Papa- acojamos la certeza de que Dios puede perdonar todo pecado, toda distancia... La certeza de que con Jesús nunca es el fin, nunca es demasiado tarde y caminemos hacia la Pascua con su perdón".

El Papa a Magistrados italianos: La justicia acompaña la búsqueda de la paz

La mañana de este viernes, 8 de abril, el Santo Padre recibió en audiencia a los miembros del Consejo Superior de la Magistratura de Italia, a quienes alentó a administrar la justicia, eligiendo ante su conciencia "para quién", "cómo" y "por qué" hacer justicia.
 

Vatican News

“Que el sentido de la justicia alimentado por la solidaridad con los que son víctimas de la injusticia, y alimentado por el deseo de ver realizarse un reino de justicia y de paz, no se apague en ustedes”, fue el aliento del Papa Francisco a los miembros del Consejo Superior de la Magistratura de Italia, a quienes recibió en audiencia la mañana de este viernes, 8 de abril, en el Aula Pablo VI del Vaticano.

Un servicio a favor de la dignidad de la persona humana

Al saludar a las Autoridades Judiciales de los Tribunales y del Consejo Superior de la Magistratura, el Santo Padre recordó que la Constitución italiana les confía una vocación especial, que es a la vez un don y una tarea porque "la justicia se administra en nombre del pueblo"; por ello, están llamados a la noble y delicada misión de representar “el órgano que garantiza la autonomía e independencia de los magistrados ordinarios y tienen la tarea de administrar la jurisdicción”. Y comentando la escena de la viuda que pide justicia en el capítulo 18 del Evangelio de Lucas, el Pontífice dijo que, “todavía hoy, escuchar el grito de los sin voz que sufren la injusticia les ayuda a transformar el poder que han recibido de la Orden en un servicio a favor de la dignidad de la persona humana y del bien común”.

“Dar a cada uno lo que le corresponde” con “misericordia”

Asimismo, el Papa Francisco recordó la definición tradicional de la justicia como “la voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde”. Sin embargo, dijo el Pontífice, a lo largo de la historia hay diferentes formas en que la administración de justicia ha establecido "lo que es debido": según el mérito, según la necesidad, según la capacidad, según la utilidad. Para la tradición bíblica, precisó el Papa, lo que se debe es reconocer la dignidad humana como sagrada e inviolable. Además, el arte clásico ha representado a la justicia como una mujer con los ojos vendados que sostiene una balanza con los platillos en equilibrio, expresando así de forma alegórica la igualdad, la justa proporción y la imparcialidad requeridas en el ejercicio de la justicia. Según la Biblia, la justicia debe administrarse también con misericordia. Pero ninguna reforma política de la justicia puede cambiar la vida de quienes la administran, si antes no eligen ante su conciencia "para quién", "cómo" y "por qué" hacer justicia. Esto es lo que enseñaba Santa Catalina de Siena cuando decía que, para reformar, primero hay que reformarse a sí mismo.

"Para quién", "cómo" y "por qué" hacer justicia

La cuestión sobre el para quién administrar justicia ilumina siempre una relación con ese "tú", ese "rostro", al que se le debe una respuesta: a la persona del reo que hay que rehabilitar, a la víctima con su dolor que hay que acompañar, a los que se disputan derechos y obligaciones, al justiciero que hay que responsabilizar y, en general, a todo ciudadano que hay que educar y sensibilizar. Por eso, la cultura de la justicia reparadora es el único antídoto verdadero contra la venganza y el olvido, porque busca la recomposición de los vínculos rotos y permite la recuperación de la tierra manchada por la sangre del hermano (cf. n. 252). Este es el camino que, siguiendo la enseñanza social de la Iglesia, he querido indicar en la Encíclica Fratelli tutti, como condición para la fraternidad y la amistad social.

En la justicia es donde se funda la paz

El acto violento e injusto de Caín, subrayó el Santo Padre, no se dirige contra el enemigo o el extranjero: se lleva a cabo contra los de la misma sangre. Caín no puede soportar el amor de Dios Padre hacia Abel, el hermano con el que comparte su propia vida. ¿Cómo no pensar en nuestra época histórica de globalización generalizada, en la que la humanidad se encuentra cada vez más interconectada y, sin embargo, cada vez más fragmentada en una miríada de soledades existenciales? La propuesta de la visión bíblica es, en el centro de su mensaje, la imagen de una identidad fraterna de toda la humanidad, entendida como "familia humana": una familia en la que reconocerse como hermanos es una tarea en la que hay que trabajar juntos y sin cesar.

Hacer justicia con discernimiento

Así, la cuestión histórica de "cómo" se administra la justicia pasa siempre por las reformas. El Evangelio de Juan, en el capítulo 15, nos enseña a podar las ramas muertas sin amputar el árbol de la justicia, para contrastar las luchas de poder, el clientelismo, las diversas formas de corrupción, la negligencia y las posiciones injustas de los ingresos. En cambio, el "por qué" de administrar nos remite al significado de la virtud de la justicia, que para ustedes se convierte en una prenda interior: no un vestido que hay que cambiar o un papel que hay que conquistar, sino el sentido mismo de su identidad personal y social. Para la Biblia, "saber hacer justicia" es el objetivo de quien quiere gobernar con sabiduría, mientras que el discernimiento es la condición para distinguir el bien del mal

La justicia como la virtud cardinal por excelencia

El Papa Francisco también recordó a los Magistrados que, la tradición filosófica ha señalado la justicia como la virtud cardinal por excelencia, a cuya realización contribuye la prudencia, cuando los principios generales deben aplicarse a las situaciones concretas, junto con la fortaleza y la templanza, que perfeccionan su realización. El relato bíblico no revela una idea abstracta de la justicia, sino una experiencia concreta de un hombre "justo". El juicio de Jesús es emblemático: el pueblo exige condenar al justo y liberar al malvado. Pilato pregunta: "¿Qué ha hecho mal este hombre?", pero luego se lava las manos. Cuando las grandes potencias se alían para su autoconservación, los justos pagan por todo. La credibilidad del testimonio, el amor a la justicia, la autoridad, la independencia de otros poderes constituidos y un leal pluralismo de posiciones son los antídotos para evitar que prevalezcan las influencias políticas, las ineficacias y las deshonestidades varias. Gobernar el Poder Judicial según la virtud significa volver a ser la alta guardia y la síntesis del ejercicio al que están llamados.

El beato Rosario Livatino, realizar su trabajo según la justicia

Por eso, para que puedan llevar adelante esta noble tarea, el Santo Padre pidió que, el beato Rosario Livatino, el primer magistrado beatificado en la historia de la Iglesia, sea una ayuda y un consuelo para ustedes. “En la dialéctica entre el rigor y la coherencia, por un lado, y la humanidad, por otro, Livatino había esbozado su idea de servicio en la Magistratura, pensando en mujeres y hombres capaces de caminar con la historia y en la sociedad, dentro de la cual no sólo los jueces, sino todos los agentes del pacto social están llamados a realizar su trabajo según la justicia”. Cuando muramos, dijo Livatino, nadie vendrá a preguntarnos lo creíbles que éramos. Livatino fue asesinado cuando sólo tenía treinta y ocho años, dejándonos la fuerza de su testimonio creíble, pero también la claridad de una idea de la Magistratura a la que debemos aspirar.

 

 

 

 

 

Quinta predicación de Cuaresma: “Os he dado el ejemplo”

Quinta predicación de Cuaresma: “Os he dado el ejemplo”

La mañana de este viernes, 8 de abril, tuvo lugar la Quinta predicación de Cuaresma a cargo del Predicador de la Casa Pontificia, el Cardenal Raniero Cantalamessa, en esta ocasión reflexionó sobre el misterio de la Pascua y la Eucaristía, a partir del Evangelio de Juan, quien acentúa que, “la nueva Pascua no comienza en el Cenáculo, cuando se instituye el rito que debe conmemorarla; más bien, comienza en la cruz cuando se realiza el hecho que debe ser conmemorado”.
 

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“¿Por qué Juan, en el relato de la Última Cena, no habla de la institución de la Eucaristía, sino que habla, en cambio, del lavatorio de los pies?”, esta fue la pregunta con la que inició el Cardenal Raniero Cantalamessa, Ofm. Cap., Predicador de la Casa Pontificia, la Quinta predicación de Cuaresma para el Papa y los miembros de la Curia Romana, la mañana de este viernes, 8 de abril de 2022, en el Aula Pablo VI del Vaticano.

Juan quiere acentuar más el acontecimiento que el sacramento

Al dar una respuesta a estas interrogantes, el Cardenal Cantalamessa dijo que, “la razón es que en todo lo relacionado con la Pascua y la Eucaristía, Juan muestra que quiere acentuar más el acontecimiento que el sacramento, es decir, más el significado que el signo. Para él, la nueva Pascua no comienza en el Cenáculo, cuando se instituye el rito que debe conmemorarla; más bien, comienza en la cruz cuando se realiza el hecho que debe ser conmemorado”. Es allí, precisó el Predicador de la Casa Pontificia, donde tiene lugar el tránsito de la Pascua antigua a la nueva. Por esto, subraya que a Jesús en la cruz «no le rompieron ningún hueso»: porque así estaba prescrito para el cordero pascual en el Éxodo (Jn 19,36; Ex 12,46).

Texto integral de la Quinta predicación de Cuaresma

«OS HE DADO EJEMPLO»

Nuestra meditación de hoy parte de una pregunta: ¿Por qué Juan, en el relato de la Última Cena, no habla de la institución de la Eucaristía, sino que habla, en cambio, del lavatorio de los pies? ¿Precisamente él, que había dedicado un capítulo entero de su evangelio a preparar a los discípulos para comer su carne y beber su sangre?

La razón es que en todo lo relacionado con la Pascua y la Eucaristía, Juan muestra que quiere acentuar más el acontecimiento que el sacramento, es decir, más el significado que el signo. Para él, la nueva Pascua no comienza en el Cenáculo, cuando se instituye el rito que debe conmemorarla (se sabe que la Última Cena de Juan no es una cena «pascual»); más bien, comienza en la cruz cuando se realiza el hecho que debe ser conmemorado. Es allí donde tiene lugar el tránsito de la Pascua antigua a la nueva. Por esto, subraya que a Jesús en la cruz «no le rompieron ningún hueso»: porque así estaba prescrito para el cordero pascual en el Éxodo (Jn 19,36; Ex 12,46).

El significado del lavatorio de los pies

Es importante comprender bien el significado que tiene para Juan el gesto del lavatorio de los pies. La reciente constitución apostólica Praedicate Evangelium lo menciona en el Preámbulo, como el icono mismo del servicio que debe caracterizar todo el trabajo de la Curia Romana. Nos ayuda a comprender cómo se puede hacer, de la vida, una Eucaristía y así «imitar en la vida lo que se celebra en el altar». Estamos ante uno de esos episodios (otro es el episodio de la transfixión del costado), en los que el evangelista deja entender claramente que debajo hay un misterio que va más allá del hecho contingente que podría, en sí mismo, parecer insignificante.

«Yo —dice Jesús—, os he dado ejemplo». ¿De qué nos dio ejemplo? ¿De cómo deben lavarse materialmente los pies de los hermanos cada vez que se sientan a la mesa? ¡Ciertamente no solo de esto! La respuesta está en el evangelio: «Quien quiera llegar a ser grande entre vosotros sea vuestro servidor, y quien quiera ser el primero entre vosotros sea esclavo de todos. En efecto, tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10,44-45).

En el evangelio de Lucas, precisamente en el contexto de la Última Cena, se recoge una expresión de Jesús que parece pronunciada al concluir el lavatorio de los pies: «¿Quién es más grande, quien está en la mesa o quien sirve? ¿No es acaso el que está en la mesa? Sin embargo, yo estoy entre vosotros como el que sirve» (Lc 22,27). Según el evangelista, Jesús dijo estas palabras porque había surgido una discusión entre los discípulos sobre cuál de ellos podía ser considerado el más grande (cf. Lc 22,24). Quizás fue precisamente esta circunstancia la que inspiró a Jesús el gesto del lavatorio de los pies, como una especie de parábola en acción. Mientras que los discípulos están todos decididos a discutir animadamente entre sí, él se levanta silenciosamente de la mesa, busca un recipiente con agua y una toalla, luego regresa y se arrodilla ante Pedro para lavarle los pies, arrojándolo, comprensiblemente, en la mayor confusión: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?» (Jn 13,6).

En el lavatorio de los pies, Jesús quiso como resumir todo el sentido de su vida, para que quedara bien impreso en la memoria de los discípulos y un día, cuando pudieran entender, entendieran: «Lo que yo hago ahora no lo entiendes, pero lo entenderás más tarde» (Jn 13,7). Ese gesto, colocado al final de los evangelios, nos dice que toda la vida de Jesús, desde el principio hasta el fin, fue un lavatorio de los pies, es decir, un servicio a los hombres. Fue, como dice algún exégeta, una pro­existencia, es decir, una existencia vivida en favor de los demás.

Jesús nos dio el ejemplo de una vida gastada por los demás, una vida hecha «pan partido para el mundo». Con las palabras: «Haced también vosotros como he hecho yo», Jesús instituye, por lo tanto, la diakonía, es decir, el servicio, elevándolo a ley fundamental, o, mejor, a estilo de vida y a modelo de todas las relaciones en la Iglesia. Como si dijera, también con respecto al lavatorio de los pies, lo que dijo al instituir la Eucaristía: «¡Haced esto en memoria mía!»

En este momento debo hacer una pequeña digresión antes de proseguir el discurso. Un padre antiguo, el beato Isaac de Nínive, daba este consejo a quien está obligado, por el deber, a hablar de cosas espirituales a las que aún no ha llegado con su vida: «Habla de ello —decía— como quien pertenece a la clase de los discípulos y no con autoridad, después de haber humillado tu alma y de haberte hecho más pequeño que cualquiera de tus oyentes»[1]. Este es el espíritu, Venerables padres, hermanos y hermanas, con el que me atrevo a hablaros de servicio, a vosotros que lo vivís día a día.

Recuerdo la observación en broma que nos hizo una vez el entonces Prefecto de la Congregación de la Fe, el Cardenal Franjo Seper, a los miembros de la Comisión Teológica Internacional: «Ustedes, teólogos —dijo sonriendo, —apenas habéis terminado de escribir algo inmediatamente ponéis vuestro nombre y apellido. Nosotros, en la Curia, debemos hacer todo de forma anónima». Es una cualidad del servicio evangélico que me hace admirar y agradecer los muchos siervos anónimos de la Iglesia que trabajan en la Curia Romana, en las Curias episcopales y en las Nunciaturas.

El espíritu de servicio

Volvamos al tema. Debemos profundizar en lo que significa «servicio», para poderlo realizar en nuestra vida y no detenernos en las palabras. El servicio no es, en sí mismo, una virtud; en ningún catálogo de las virtudes o de los frutos del Espíritu, como los llama el Nuevo Testamento, se encuentra la palabra diakonía, servicio. De hecho, incluso se habla de un servicio al pecado (cf. Rom 6, 16) o a los ídolos (cf. 1 Cor 6, 9), que ciertamente no es un buen servicio. Por sí mismo, el servicio es algo neutral: indica una condición de vida, o una forma de relacionarse con los demás en el propio trabajo, un ser dependiente de los demás. Incluso puede ser algo malo, si se hace por constricción (esclavitud), o solo por interés.

Todo el mundo habla hoy de servicio; todos dicen que están en servicio: el comerciante sirve a los clientes; de cualquiera que ejerza una tarea en la sociedad, se dice que sirve, o que está de servicio. Pero es evidente que el servicio del que habla el Evangelio es otra cosa, aunque no excluye en sí mismo, ni necesariamente lo descalifica, el servicio tal como lo entiende el mundo. Toda la diferencia está en las motivaciones y en la actitud interior con la que se realiza el servicio.

Releamos el relato del lavatorio de los pies, para ver con qué espíritu lo realiza Jesús y lo que le mueve: «Después de amar a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). El servicio no es una virtud, sino que brota de las virtudes y, en primer lugar, de la caridad; más aún, es la mayor expresión del mandamiento nuevo. El servicio es una forma de manifestarse del agápe, es decir, de ese amor que «no busca su propio interés» (cf. 1 Cor 13, 5), sino el de los demás, que no está hecho de búsqueda, sino también de entrega. Es, en definitiva, una participación y una imitación de la acción de Dios que, siendo «el Bien, todo el Bien, el Bien Supremo», sólo puede amar y hacer el bien gratuitamente, no interesadamente.

Por eso, el servicio evangélico, al revés que el del mundo, no es propio del inferior, del necesitado, del que no tiene, sino que es propio, más bien, de quien posee, de quien está puesto en lo alto, de quien tiene. Mucho se le pedirá a quien mucho se le dio, mucho se le pedirá en términos de servicio (cf. Lc 12,48). Por eso, Jesús dice que, en su Iglesia, «el que gobierna» es sobre todo el que debe estar «como el que sirve» (Lc 22,26) y «el primero» es el que debe ser «el siervo de todos» (Mc 10,44). El lavatorio de los pies —decía mi profesor de exégesis en Friburgo, Ceslas Spicq— es «el sacramento de la autoridad cristiana».

Junto a la gratuidad, el servicio expresa otra gran característica del agápe divino: la humildad. Las palabras de Jesús: «Debéis lavaros los pies unos a otros» significan: debéis prestaros los unos a los otros los servicios de una caridad humilde. Caridad y humildad, juntas, forman el servicio evangélico. Jesús dijo una vez: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Pero, si lo pensamos bien, ¿qué hizo Jesús para definirse a sí mismo como «humilde»? ¿Acaso escuchó hablar de sí de modo modesto o habló en modo descuidado sobre sí mismo? Al contrario: en el mismo episodio del lavatorio de los pies, él dice que es «Maestro y Señor» (cf. Jn 13,13).

Entonces, ¿qué hizo para definirse como «humilde»? ¡Se abajó, descendió para servir! Desde el momento de la encarnación, no hizo más que descender, descender, hasta ese punto extremo, cuando le vemos de rodillas, en el acto de lavar los pies a los apóstoles. Qué estremecimiento tuvo que correr entre los ángeles, al ver en semejante abajamiento al Hijo de Dios, sobre el cual ni siquiera se atreven a fijar su mirada (cf. 1 Pe 1,12). ¡El Creador está de rodillas frente a la criatura! «¡Enrojece, ceniza soberbia: Dios se abaja y tú te levantas!», se decía san Bernardo a sí mismo[2]. Entendida de esta manera —es decir, como un rebajarse para servir—, la humildad es verdaderamente la vía regia de parecerse a Dios e imitar a la Eucaristía en nuestra vida.

Discernimiento de los espíritus

El fruto de esta meditación debería ser una revisión valiente de nuestra vida (hábitos, tareas, horas de trabajo, distribución y uso del tiempo) para ver si realmente es un servicio y si, en este servicio, hay amor y humildad. El punto fundamental es saber si servimos a los hermanos, o, por el contrario, usamos a los hermanos. Utiliza a sus hermanos e instrumentaliza quien, quizás, se desvive por los demás, pero en todo lo que hace no es desinteresado, busca, de alguna manera, la aprobación, el aplauso o la satisfacción de sentirse, en su interior, en orden y bienhechor. Sobre este punto, el Evangelio presenta las exigencias de una radicalidad extrema: «Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). Todo lo que se hace, conscientemente y con razón, «para ser visto por los hombres», se pierde. «Christus non sibi placuit»: ¡Cristo no buscó complacerse a sí mismo! (Rom 15,3): esta es la regla del servicio.

Para hacer el «discernimiento de los espíritus», es decir, de las intenciones que nos mueven en nuestro servicio, es útil ver cuáles son los servicios que hacemos gustosamente y los que tratamos de evitar a toda costa. Ver, además, si nuestro corazón está dispuesto a abandonar —si se nos pide— un servicio noble, que da prestigio, por uno humilde que nadie apreciará. Los servicios más seguros son los que hacemos sin que nadie, ni siquiera los que lo reciben, se den cuenta, sino sólo el Padre que ve en lo secreto. Jesús elevó a símbolo de servicio uno de los gestos más humildes conocidos en su tiempo y que se solía confiar a los esclavos: lavar los pies. San Pablo exhorta: «No aspiréis a las cosas que son demasiado altas, sino inclinaos ante las cosas humildes» (Rom 12,16).

Al espíritu de servicio se opone el deseo de dominación, el hábito de imponer a los demás la propia voluntad y la propia forma de ver o hacer las cosas. En definitiva, el autoritarismo. A menudo, quien es tiranizado por estas disposiciones no se da cuenta en lo más mínimo del sufrimiento que causa y se sorprende al ver que otros no muestran apreciar todo su «interés» y esfuerzos e incluso se sienten víctimas. Jesús dijo a sus apóstoles que fueran como «corderos en medio de lobos», pero ellos son, por el contrario, lobos en medio de corderos. Gran parte de los sufrimientos que a veces afligen a una familia o a una comunidad se debe a la existencia en ellas de algún espíritu autoritario y despótico que pisotea a otros y que, bajo el pretexto de «servir» a los demás, en realidad «esclaviza» a los demás.

¡Es muy posible que este «alguien» seamos precisamente nosotros! Si tenemos un poco de duda al respecto, sería bueno que interrogáramos sinceramente a quienes viven a nuestro lado y les diéramos la oportunidad de expresarse sin miedo. Si resulta que nosotros también le hacemos la vida difícil, con nuestro carácter, a alguien, debemos aceptar humildemente la realidad y repensar nuestro servicio.

Al espíritu de servicio también se opone, por otro lado, el apego exagerado a las propias costumbres y comodidades. En definitiva, el espíritu de flojera. No puede servir seriamente a los demás quien siempre intenta contentarse a sí mismos, quien hace un ídolo de su descanso, de su tiempo libre, de su tiempo. La regla del servicio sigue siendo siempre la misma: Cristo no buscó complacerse a sí mismo.

El servicio, hemos visto, es la virtud propia de quien preside, es lo que Jesús dejó a los pastores de la Iglesia, como su legado más querido. Todos los carismas, hemos visto, están en función del servicio; pero de modo muy especial lo está el carisma de «pastores y maestros» (cf. Ef 4,11), es decir, el carisma de la autoridad. ¡La Iglesia es «carismática» para servir y también es «jerárquica» para servir!

El servicio del Espíritu

Si para todos los cristianos servir significa «no vivir ya para sí mismos» (cf. 2 Cor 5,15), para los pastores significa: «no apacentarse a sí mismos»: «¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deberían acaso los pastores apacentar al rebaño?» (Ez 34,2). Para el mundo, nada es más natural y justo que esto, es decir, que quien es señor (dominus) «domine», es decir, haga de dueño. Entre los discípulos de Jesús, sin embargo, «no sea así», sino que quien es señor debe servir. «No pretendemos ser dueños sobre vuestra fe —escribe san Pablo—, sino que, por el contrario, somos colaboradores de vuestra alegría» (2 Cor 1,24).

El apóstol san Pedro recomienda lo mismo a los pastores: «No dominéis a las personas que se os han confiado, sino haceos modelos del rebaño» (cf. 1 Pe 5,3). No es fácil, en el ministerio pastoral, evitar la mentalidad del dueño de la fe; muy pronto se insertó en la concepción de la autoridad. En uno de los documentos más antiguos sobre el ministerio episcopal (la Didascalia Siriaca) encontramos ya una concepción que presenta al obispo como el monarca, en cuya Iglesia nada se puede emprender, ni por los hombres ni por Dios, sin pasar por él.

Para los pastores, y en cuanto pastores, es a menudo en este punto donde se decide el problema de la conversión. ¡Qué fuertes y sinceras resuenan aquellas palabras de Jesús después del lavatorio de los pies: «Yo el Señor y el Maestro...!» Jesús «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2,6), es decir, no tuvo miedo de comprometer su dignidad divina, de favorecer la falta de respeto por parte de los hombres, despojándose de sus privilegios y mostrándose al exterior como un hombre en medio de los demás hombres («semejante a los hombres»). Jesús vivió de modo sencillo; la sencillez fue siempre el principio y el signo de una verdadera vuelta al Evangelio. Es necesario imitar el obrar de Dios. No hay nada — escribe Tertuliano— que caracterice mejor el obrar de Dios, que el contraste entre la sencillez de los medios y las formas externas con que trabaja y la grandiosidad de los efectos espirituales que obtiene[3]. El mundo necesita grandes aparatos para actuar e impresionar; Dios no.

Hubo un tiempo en que la dignidad de los obispos se expresaba con insignias, títulos, castillos, ejércitos. Eran, como se suele decir, obispos-príncipes, pero bastante más príncipes que obispos. La Iglesia vive hoy, en este punto, una época que, en comparación, nos parece dorada. Conocí a un obispo hace muchos años que encontraba natural pasar cada semana unas horas en un asilo de ancianos, para ayudar a los ancianos a vestirse y a comer. Había tomado a la letra el lavatorio de los pies. Yo mismo debo decir que he recibido de algunos prelados los mejores ejemplos de sencillez de mi vida.

Sin embargo, es necesario preservar, también en este punto, una gran libertad evangélica. La sencillez exige que no nos pongamos por encima de los demás, pero tampoco siempre y obstinadamente por debajo, para mantener, de una forma u otra, las distancias, sino que aceptemos, en las cosas ordinarias de la vida, ser como los demás. Hay personas —señala Manzoni agudamente— que tienen tanta humildad como necesitan para ponerse por debajo de las buenas personas, pero no para estar en igualdad de condiciones con ellas[4].

A veces, el mejor servicio no consiste en servir, sino en dejarse servir, como Jesús que, en ocasiones, también sabía sentarse a la mesa y dejarse lavar los pies (cf. Lc 7,38) y que aceptaba de buen grado los servicios que algunas mujeres generosas y afectuosas le prestaban durante sus viajes (cf. Lc 8,2-3).

Hay otra cosa que es necesario decir sobre el servicio de los pastores, y es esta: el servicio de los hermanos, por importante y santo que sea, no es lo primero y no es lo esencial; primero está el servicio de Dios. Jesús es ante todo el «Siervo de Yahvé» y luego también el siervo de los hombres. Él les recuerda esto a sus propios padres, diciendo: «¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lc 2,49). No dudaba en decepcionar a las multitudes, que acudían a escucharle y a ser sanados, dejándolas de repente, para retirarse a lugares solitarios a orar (cf. Lc 5,16).

Incluso el servicio evangélico está amenazado hoy por el peligro de la secularización. Es demasiado fácil dar por descontado que todo servicio al hombre es servicio de Dios. San Pablo habla de un servicio del Espíritu (diakonía neumatos) (2 Cor 3,8), al que están destinados los ministros del Nuevo Testamento. ¡El espíritu de servicio debe expresarse, en los pastores, a través del servicio del Espíritu!

Quien, como el sacerdote, es llamado, por vocación, a este servicio «espiritual», no sirve a los hermanos si les presta cien o mil otros servicios, pero descuida ese único que se tiene derecho a esperar de él y que sólo él puede dar. Está escrito que el sacerdote «está constituido para el bien de los hombres en las cosas que conciernen a Dios» (Heb 5,1). Cuando este problema surgió por primera vez en la Iglesia, Pedro lo resolvió diciendo: «No es justo que descuidemos la palabra de Dios para el servicio de las mesas... Nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra» (Hch 6,2-4).

Hay pastores que, de hecho, han vuelto al servicio de las cantinas. Se ocupan de todo tipo de problemas materiales, económicos, administrativos, a veces incluso agrícolas que existen en sus comunidades (incluso cuando se podrían dejar perfectamente en manos de otros), y descuidan su verdadero e insustituible servicio. El servicio de la Palabra requiere horas de lectura, estudio y oración. Si hay una queja general que circula hoy entre los fieles en la Iglesia, es este: la insuficiencia, el vacío, de la predicación. Muchos salen de la Misa disgustados por la homilía, secos, en lugar de enriquecidos. Debe repetirse con Isaías: «Los miserables y los pobres buscan agua, pero no hay» (Is 41,17). La gente busca pan y a menudo se les da un escorpión, es decir, palabras vacías y manidas, palabras que no saben a Dios.

Inmediatamente después de explicar a los apóstoles el significado del lavatorio de los pies, Jesús les dijo: «Conociendo estas cosas seréis bendecidos si las ponéis en práctica» (Jn 13,17). Nosotros también seremos bendecidos, si no nos contentamos con saber estas cosas —es decir, que la Eucaristía nos impulsa a servir y compartir—, sino que las ponemos en práctica, a ser posible a partir de hoy. La Eucaristía no es sólo un misterio para ser consagrado, para ser recibido y adorado, sino también un misterio para ser imitado.

Antes de concluir, sin embargo, debemos recordar una verdad que hemos subrayado en todas nuestras reflexiones sobre la Eucaristía: ¡la acción del Espíritu Santo! ¡Cuidemos de no reducir el don al deber! Nosotros no sólo hemos recibido el mandato de lavar los pies y servir al próximo: hemos recibido la gracia de poder hacerlo. El servicio es un carisma y, como todos los carismas, es "una manifestación particular del Espíritu para el bien común", dice san Pablo (1 Cor 12, 7); “Cada uno viva según el don (¡carisma!) recibido, poniéndolo al servicio de los demás”, añade san Pedro (1 P 4,10). El don precede al deber y hace posible su cumplimiento. Esta es "la buena noticia" - el Evangelio - del cual la Eucaristía es la memoria cotidiana, viviente y consoladora.

¡Santo Padre, venerables padres, hermanos y hermanas, gracias por su amable escucha y mis más sinceros deseos de una buena Semana Santa y una feliz Pascua!

 

[1] San Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 4 (Cittá Nuova, Roma 1984) 89.

[2] Bernardo, Alabanzas a la Virgen, I, 8.

[3] Cf. Tertuliano, De baptismo, 1: CCL I, 277.

[4] Cf A. Manzoni, Los novios, cap. 38 (Rialp, Madrid 2020).